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'Camino por una calle que me resulta vagamente familiar; la reconozco, pero todo está cambiado, excepto el aire. El aire que siempre sopla en esa calle, que me hace estar seguro de dónde estoy y me despeina al mismo tiempo, como siempre.
Un edificio enorme se levanta ante mí. Ahora se que es a ese edificio al cual me dirijo. En la entrada, grupos, parejas o personas solitarias hablan del tiempo, de fútbol, de política, fuman un cigarro o hablan por el móvil.
En los cristales de la puerta intento ponerme los pelos en su sitio, y al entrar confirmo inconscientemente en el panel de información a dónde voy: novena puerta, novena planta.
Los ascensores de los edificios altos me dan miedo. Van muy deprisa y el cosquilleo que producen me resulta desagradable. Además siempre van llenos de gente y tengo que fingir cada vez que al parar en un piso me entran esas cosquillas.
La planta novena, como todas, supongo, en el edificio, se divide en dos pasillos largos a los cuales dan las puertas de las oficinas, con sus cartelitos identificativos de cada una. La novena puerta está en el izquierdo, al final del todo. Llego a la puerta y llamo, y tras unos segundos me abren.
Al rato de haber entrado salgo. No se muy bien qué ha pasado dentro, pero estoy enfadado. Llego a los ascensores y al apretar el botón se abre el mismo en el que subí. Viene vacío, y me alegra que sea así. Sin embargo no responde cuando pulso la B, de planta baja. Le doy varias veces, pero las puertas no se cierran y me bajo del ascensor, por si estuviera estropeado. Y es cuando leo un cartel que dice:
ASCENSOR SÓLO PARA SUBIR
Me quedo perplejo intentando descifrar ese mensaje tan claro. Vuelvo a llamar a los ascensores, pero se abre siempre el mismo. Decido subir y pulsar el 10. Las puertas se cierran y subo un piso. Ahora vuelvo a pulsar la B, pero no baja. Así que busco las escaleras. Al fin y al cabo es bajar, aunque sean 10 pisos.
No he bajado más que un poco cuando en el recodo de la escalera noto algo extraño, un movimiento. Los escalones empiezan a cambiar y poco a poco se inclinan, formando un rampa. Resbalo, me asusto, me agarro a la pared para no caer, pero cada vez la inclinación es mayor y me resulta complicado. Me quedo sujeto como puedo, sin saber qué está pasando, desconcertado.
Escucho a gente hablar en el piso de arriba. Grito, pido ayuda. Las voces se acercan. Deben ser muchos porque diferencio numerosas voces. Se acercan y veo lo pies de los primeros bajando por la cuesta. Lo hacen despreocupadamente. Al llegar a mí les hablo, les pido ayuda, pero no me escuchan y siguen bajando. Realmente son muchos; se chocan conmigo, me golpean de forma indiferente, me arrastran. Caigo y resbalo por la escalera sin escalones. No veo nada, una negrura lo llena todo, me sumerjo en el vacío. Y cierro los ojos.
Cuando los vuelvo a abrir estoy tirado en medio de la calle, frente a las puertas del edificio. La gente pasa a mi lado mirándome con caras raras. No se qué ha pasado. Me refriego los ojos con las manos. Y al abrirlos estoy despierto en mi cama.
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