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De pequeño jugaba a mirar a la gente a los ojos. Les miraba hasta que se daban cuenta de que les estaba mirando. Entonces seguía y seguía hasta que apartaban la mirada. Era mi poder, y realmente me sentía poderoso: nadie podía aguantar mi mirada.
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Soy bastante diferente cuando estoy sólo a cuando estoy acompañado. En el grupo siempre me diluyo, me quedo aparte, me hago invisible, insignificante. Cuando estoy solo, en cambio, me siento fuerte, seguro, no hay nada que demostrar. A nadie. Si uno no es amado ni ama a nadie no tiene nada que perder; ya lo ha perdido todo.
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Cuando estoy solo salgo a pasear por la calle. Me gusta hacerlo. Sin haber definido un camino a seguir. Simplemente andar por andar, tomando una calle u otra según vaya caminado, sin la necesidad de pensar si cada elección es la más correcta.
Todo lo que me rodea entra en otra dimesión, y puedo concentrarme en cada detalle de ellas. Así puedo fijarme en los novios que pasean con las manos cogidas mientras hablan de cualquier cosa y sonríen enamorados. O en el padre que está cansado de tener que estar pendiente de sus hijos y les riñe para que se estén quietos. O del anciano que pasea con su bastón entre la marabunta humana de la calle, intentando no ser arrastrado por ella.
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Y les miro a los ojos. Como hacía antes. Pongo mi mirada en la novia y el novio, en el padre, en los hijos, en el anciano. Todos se dan cuenta y me la devuelven intrigados, preguntándose por la razón de mi mirada. Hasta que finalmente, incapaz de obtener una respuesta, la novia vuelve a mirar al novio, el padre a los hijos, y el anciano a su bastón.
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La vida sigue, pero yo he ganado. Vuevo a tener el poder de antaño. Y por un instante me siento poderoso.
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